Regresos e Incertidumbres

Empezó de manera muy casual: el clásico saludo en el messenger y luego una breve conversación con un amigo. Hablar de lo cotidiano, reírse de alguna broma y de repente, compartir algún pedazo de su presente, de su historia: la duda, irse o quedarse; seguir o volver…

Muchos hemos vivido lo que canta Alberto Cortés:

“luego fue tiempo de estudios con regresos a menudo, pero con plena conciencia que iniciaba un largo viaje, sólo de ida el pasaje y así me ganó la ausencia.”

Hemos sentido esa emoción al ver el horizonte que se abre ante nuestros ojos: estudios universitarios fuera del país; tanto que aprender, la perspectiva de nuevas oportunidades profesionales, nuevas amistades, en fin, la vida con su dosis de novedad, de desafío y de aventura.

Y así sucede: se aprende y no solamente música, medicina o lo que uno haya elegido. Se aprende que hay muchos como nosotros; que ya no se nos reconoce por nuestro nombre y apellido como ocurría tal vez en la pequeña intimidad de nuestra tierra natal; se aprende esa sensación de anonimato y de ir construyendo nuevamente un espacio propio; se aprende que, sin importar el lugar en donde nos encontremos, “no todo lo que brilla es oro” y hay que saber con claridad lo que uno quiere y necesita, pedirlo y buscarlo. Se aprende también a mirar desde lejos; a veces desde los fríos inviernos a la calidez tropical que hemos dejado; una calidez que va más allá del sol que acompañó nuestra infancia o nuestra adolescencia. Tiene que ver con la calidez de la familia, los amigos, la risa entrañable y desenfadada, la comida que nos espera en la mesa a la hora justa y esas cosas que están ahí, como por arte de magia. Uno aprende ahora que no ocurren mágicamente; son el fruto del cariño fiel y vigilante de una madre, de un padre, de los que caminan a nuestro lado y a veces se confunden con nuestro paisaje de todos los días.

La distancia enseña. Enseña cada regreso en las vacaciones: uno se da cuenta de que nosotros también tenemos un acento particular al hablar, “¡sí, sólo llegar al aeropuerto y ya lo escuchas!” Uno se da cuenta que desde lejos, el tránsito y los atascos, alguna que otra intromisión familiar que no es bienvenida, el calor, la mediocridad…, se nos olvidan (“no recordaba que esto era así, ¡no ha cambiado!”

Uno se hace conciente de su propio movimiento interior, lo inevitable del crecimiento. No falta una reunión con algún amigo de la adolescencia tras la cual, uno vuelve a casa diciendo: “¿Dónde se nos perdió la conexión? ¿Cómo es que antes había tanto que compartir y ahora no lo encontramos?” Y también uno comprueba que hay afectos que siguen siendo sólidos y fuertes, esos que se reconocen de una mirada, en el primer abrazo, en la alegría sencilla del reencuentro más allá de razones intelectuales y de argumentos.

Y así va pasando el tiempo y llega, sin buscarlo, el tiempo de encrucijada: años de estudio, quizá una buena oportunidad de trabajo, el camino laboral que se abre ante nosotros allá… Pero, como dice Benedetti y canta Serrat: “pero aquí abajo, abajo, cerca de las raíces”… Cerca de las raíces está el corazón con sus memorias; la íntima pregunta que no alcanza a tener respuesta de tan íntima que es a veces: “¿será que hay realmente un espacio allí para mí? ¿Será el momento correcto para volver? Tal vez después de algunos años, de haber visto y logrado otras cosas… Tal vez…

Y sigue la vida, el afán de los días que pasan; uno se olvida de la pregunta hasta que ella, agazapada asechando en la oscuridad de alguna noche, se nos cuela por entre las rendijas de los recuerdos. Y viene, como desde lejos, con rumor de música distante, algo que tira del alma como un cordel… Para algunos, es la soledad y el frío del invierno, la vuelta a casa después del trabajo entre rostros desconocidos, el idioma que a pesar de que se hable correctamente nunca será enteramente propio. Para algunos (y aquí vuelve de puntillas la conversación con mi amigo), algún amor que, a lo mejor, ni es amor todavía…

“Hay cariño”, me dijo. Y ese cariño justifica la mirada hacia “atrás”, la pregunta, la incertidumbre. Ese cariño suena a lo que maravillosamente escribe Yupanqui:

“Cuando se abandona el pago

y se empieza a repechar;

tira el caballo adelante

y el alma tira pa’ atrás…”

Se me ocurre pensar que ese cariño, aunque tenga el rostro de una persona, a veces es más que eso. Tiene que ver con el deseo de la cercanía, con esa hermosa definición de hogar que da Clarisa Pinkola Estés en su libro “Mujeres que Corren con los Lobos”:

El hogar es ese lugar “donde todos los ruidos suenan bien, la luz es agradable y los olores nos tranquilizan en lugar de alarmarnos. … Allí no sólo hay tiempo para meditar sino también para aprender y descubrir lo olvidado, lo abandonado y lo enterrado.”

“Entre mi carrera y ser feliz, yo elijo ser feliz. He probado lo otro y no ha resultado.” Me quedé en esas palabras de mi amigo. No supe cómo decírselo en ese instante. Tal vez él ya lo sabe y no hace falta que se lo diga. Nos lo han dicho muchas veces, pero uno tarda en aprenderlo (ya he escrito en alguna reflexión anterior que no se aprende sólo con la cabeza sino con todo nuestro ser: con el corazón, con la mente, con la piel, el cuerpo y el alma…) Ser feliz no depende de la carrera, ni de una persona (no importa todo el cariño que haya, simplemente no es suficiente). Ser feliz tiene que ver con eso: con poder construir el hogar, con saber qué es vital para nosotros, qué nos hace florecer, qué alimenta nuestra pasión y nos hace fértiles para la vida. Tiene que ver con entender qué nos quema el alma, con descubrirlo, y con ser lo suficientemente valientes para conservarlo a toda costa. Hay que construirlo a pulso. Entonces podremos invitar a otro (u a otra) a compartirlo.

Se puede tener un diploma universitario (o varios). Se puede tener un matrimonio “estable”, incluso una familia, y aún así, no saberlo.

Supongo que no es tan importante lo que decida al final mi amigo. Lo que sí es importante es por qué lo decide.

Qué bien lo dijo ese gaucho, profeta de los caminos:

“En el trance de elegir

que mire el hombre pa’ adentro,

ande se hacen los encuentros de pensares y sentires;

después que tire ande tire con la concencia por centro.”

“Que elija una sola estrella quien quiera ser sembrador…””

Y antes, nos lo contó el Maestro de Galilea, con su palabra que despierta y vivifica:

“Donde está tu tesoro, allí está tu corazón.” La pregunta es: “¿Dónde está tu tesoro…? E incluso antes que eso:

¿Cuál es…?

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