De Puertas Abiertas

Me ha ocurrido pero siempre parece nueva la experiencia (como dice Silvio: “pasa poco, pero pasa, compadre.” Una conversación en la que uno encuentra un lenguaje común, un lugar común; en la que alguien, así por elección y desde la naturalidad, me permite mirar un poco adentro, a su historia, a su momento presente, a sus puertas abiertas y entreabiertas…

Una conversación en la que la vida se encarga de tejer su milagro: el milagro de que uno abra una puerta (quizá despertando la conciencia y la sensibilidad a lo que pasa alrededor, para entender a otros o para entenderse a uno mismo). Uno abre una puerta y el otro elige pasar por ella. Supongo que a fuerza de andar queriendo que la vida sea, más que un lamentar lo que no es, una propuesta de lo que puede ser, de todo lo que estamos llamados a ser, soy más conciente ahora de mi deseo y mi movimiento concreto para intentar abrir puertas. Tal vez porque cada día con más claridad veo y creo en la imagen de la mesa que canta Carabajal cuando dice: “yo quisiera que en mi mesa nadie se sienta extranjero”, es que busco recordarme a mí misma y a los que me acompañan que hay otros que también necesitan sentarse a la mesa; otros con otro lenguaje o a veces casi sin palabras, otros con otras canciones y otra historia… Y me doy cuenta también de cuántas veces alguien ve la puerta que se entreabre, atisba dentro, tal vez se acerca un poco, hace unas cuantas preguntas, se anima a entrar hasta el umbral o más allá, y luego “seguimos andando, curtidos de soledad” como dice Yupanqui.

Pero hay gente que elige entrar con un poco más de serenidad (o de intensidad), quedarse, dejarse asombrar, dejarse interpelar y nos hace el maravilloso regalo de compartir nuestra y su historia; de recordar juntos que el otro no es realmente el otro porque esta mesa es de todos y no estamos tan lejos ni somos tan distintos; ni somos tan fuertes ni somos tan frágiles…

Y luego esa gente y nosotros volvemos al trabajo diario, pero con una conciencia distinta, con nuevas historias en el corazón para compartir (historias que lanza uno al vuelo en alguna reunión o charla), pero más que eso, con historias para degustar en lo profundo y con la íntima alegría, la gratitud y el asombro de saber que hemos visitado un lugar sagrado: el corazón de un amigo.

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